El libro de Inés



Hoy martes he amanecido viajando. No estaba en un avión ni en un sueño sino leyendo un libro adictivo que no me permitió cerrarlo sino hasta terminar el último párrafo.
Inés de Guijón cumple noventa años, y fue ella quien me repitió en mis años universitarios que para viajar muy lejos no hay mejor barco que un libro. Creo que la frase pertenecía a la poetisa estadounidense Emily Dickinson, pero repetida tantas veces por nuestra querida librera de Trujillo se inesizó y la recuerdo como suya.
De acuerdo también que citaba a José María de Pereda según el cual el mejor de los libros es la vejez… y es una lástima que el hombre tenga que morirse cuando comienza a leerlo con provecho.
La segunda parte de lo dicho por el romántico español es cuestionable en el caso de Inés Guerra de Guijón quien, ya les he dicho, cumple noventa años de edad, setenta de los cuales ha estado de pie junto a los anaqueles de una librería cuyas puertas siempre estuvieron abiertas para todos… y sigue trabajando.
Sus noventa   no serán pretexto para que hoy, Inés, como lo ha hecho todo este tiempo, abra la tienda a las 9 de la mañana, después de haber ido a misa y la cierre a las 7 de la noche luego de haber conversado- más que vendido libros- con unas cincuenta o sesenta personas. Además de librera, ella ha sido fundadora y dirigente de la mayoría de las instituciones culturales de la ciudad.
En la esquina de Pizarro con la Plaza de Armas, la “Librería Peruana”, suya y nuestra, es el centro mismo de Trujillo. Al lado de ella se encuentra el “Bar Americano” en el cual César Vallejo invitó a sus amigos a celebrar la aprobación de su tesis y su graduación universitaria.
Fue frecuentada entonces por Vallejo, Orrego, Haya de la Torre, Spelucín, Francisco Xandóval, todo el “Grupo Norte” y fue allí donde, décadas más tarde, nos conocimos los muchachos del “Grupo Trilce”.
Es la más antigua casa de libros de la ciudad. Se encuentra allí desde antes de 1920, y Carlos Guijón Miranda llegó a Trujillo en los años 30 para administrarla. Al casarse con Inés en 1942, ambos unieron sus destinos … y sus libros. A dos cuadras, ella fundaría una sucursal que finalmente juntaría con la de su esposo a la muerte de éste en 1994.
¿Debo añadir algo que ya he contado varias veces?… ¡Lo haré! Cuando yo tenía 21 años y acababa de publicar “Los peces muertos”, mi primer libro, lo fui a dejar en la “Librería Peruana” antes de partir a Lima para presentarlo.  Allí, luego de leer comentarios extremadamente generosos sobre mi libro que habían sido publicados en “El Comercio” y “La Prensa”, pensé que el éxito literario coincidía también con el de ventas… ¡Me equivocaba!… y esa sería una lección que me duraría toda la vida.
Fui a la librería para preguntar cuántos ejemplares más se necesitaban, y me encontré con la sorpresa de que los anaqueles estaban todavía colmados de peces muertos.
-Parece que por ahora no necesitamos ejemplares, pero tengo una liquidación.- dijo doña Inés, y agregó:
-Se han vendido… se han vendido dos libros.
Ahora que han pasado los años creo que fue ella misma quien los compró y logró de esa forma que el joven escritor no se desmoralizara y continuara en esa locura de escribir que le ha de durar toda la vida.
No quiero terminar de redactar esta nota porque, siguiendo el consejo de Inés,  deseo continuar navegando en la escritura y porque, además, un libro, el que se escribe y el que se lee, son como un viaje, se comienza con intrepidez, se continúa con asombro y se termina con nostalgia.
Hoy martes he amanecido viajando. No estaba en un avión ni en un sueño sino leyendo un libro adictivo que no me permitió cerrarlo sino hasta terminar el último párrafo.

Inés de Guijón cumple noventa años, y fue ella quien me repitió en mis años universitarios que para viajar muy lejos no hay mejor barco que un libro. Creo que la frase pertenecía a la poetisa estadounidense Emily Dickinson, pero repetida tantas veces por nuestra querida librera de Trujillo se inesizó y la recuerdo como suya.
Me acuerdo también que citaba a José María de Pereda según el cual el mejor de los libros es la vejez… y es una lástima que el hombre tenga que morirse cuando comienza a leerlo con provecho.
La segunda parte de lo dicho por el romántico español es cuestionable en el caso de Inés Guerra de Guijón quien, ya les he dicho, cumple noventa años de edad, setenta de los cuales ha estado de pie junto a los anaqueles de una librería cuyas puertas siempre estuvieron abiertas para todos… y sigue trabajando.
Sus noventa   no serán pretexto para que hoy, Inés, como lo ha hecho todo este tiempo, abra la tienda a las 9 de la mañana, después de haber ido a misa y la cierre a las 7 de la noche luego de haber conversado- más que vendido libros- con unas cincuenta o sesenta personas. Además de librera, ella ha sido fundadora y dirigente de la mayoría de las instituciones culturales de la ciudad.
En la esquina de Pizarro con la Plaza de Armas, la “Librería Peruana”, suya y nuestra, es el centro mismo de Trujillo. Al lado de ella se encuentra el “Bar Americano” en el cual César Vallejo invitó a sus amigos a celebrar la aprobación de su tesis y su graduación universitaria.
Fue frecuentada entonces por Vallejo, Orrego, Haya de la Torre, Spelucín, Francisco Xandóval, todo el “Grupo Norte” y fue allí donde, décadas más tarde, nos conocimos los muchachos del “Grupo Trilce”.
Es la más antigua casa de libros de la ciudad. Se encuentra allí desde antes de 1920, y Carlos Guijón Miranda llegó a Trujillo en los años 30 para administrarla. Al casarse con Inés en 1942, ambos unieron sus destinos … y sus libros. A dos cuadras, ella fundaría una sucursal que finalmente juntaría con la de su esposo a la muerte de éste en 1994.
¿Debo añadir algo que ya he contado varias veces?… ¡Lo haré! Cuando yo tenía 21 años y acababa de publicar “Los peces muertos”, mi primer libro, lo fui a dejar en la “Librería Peruana” antes de partir a Lima para presentarlo.  Allí, luego de leer comentarios extremadamente generosos sobre mi libro que habían sido publicados en “El Comercio” y “La Prensa”, pensé que el éxito literario coincidía también con el de ventas… ¡Me equivocaba!… y esa sería una lección que me duraría toda la vida.
Fui a la librería para preguntar cuántos ejemplares más se necesitaban, y me encontré con la sorpresa de que los anaqueles estaban todavía colmados de peces muertos.
-Parece que por ahora no necesitamos ejemplares, pero tengo una liquidación.- dijo doña Inés, y agregó:
-Se han vendido… se han vendido dos libros.
Ahora que han pasado los años creo que fue ella misma quien los compró y logró de esa forma que el joven escritor no se desmoralizara y continuara en esa locura de escribir que le ha de durar toda la vida.
No quiero terminar de redactar esta nota porque, siguiendo el consejo de Inés,  deseo continuar navegando en la escritura y porque, además, un libro, el que se escribe y el que se lee, son como un viaje, se comienza con intrepidez, se continúa con asombro y se termina con nostalgia.

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