Pacasmayo

Revista de interés para Pacasmayo y todo el valle del Jequetepeque

LOS SANTOS TIENEN HOY MUCHO TRABAJO

Hay tantos santos en el Perú que, cuando un peruano muere, el cielo debe de resultarle más o menos familiar.

 
            Comencemos en 1581. Ese año llegó al Perú un nuevo arzobispo, Toribio de Mogrovejo, quien de inmediato se dedicó a realizar visitas pastorales. Un poco más arriba de Lima, en Quives, confirmó a una niña muy bonita de nombre Isabel Flores de Oliva (1586-1617). Rosita, como la llamaban, regresó luego a la Ciudad de los Reyes con sus padres para residir en el barrio de San Sebastián. En esa misma parroquia, había sido bautizado seis años antes Martín de Porras.
 
            Martín tenía un gran amigo en la Recoleta de Santa María Magdalena, cuyo nombre era Juan Macías. Juntos escuchaban la prédica de un verboso franciscano llamado Francisco Solano. Los cinco, Toribio, Rosa, Martín, Juan y Francisco, subieron a los altares y fueron los primeros santos del Perú.
 
            Fueron los primeros, pero no los únicos. Durante el paso del siglo dieciséis al diecisiete, decenas de mujeres se encerraban en sus casas, hacían prolongados ayunos, se azotaban y vivían en permanente oración dedicadas a la vida contemplativa.
 
            La Santa Inquisición, sin embargo, no hacía distingos entre santos y pecadores. De la misma forma que perseguía a supuestos herejes, judíos, fornicadores, brujas, lisurientos e incluso a los dormilones que no iban a misa, sospechaba también de quienes exageraban las prácticas cristianas fuera del convento.
 
            Muchas de las beatas contemplativas fueron empujadas a espantables cárceles y torturadas hasta la muerte para que declararan que no era Jesús sino el demonio a quien rezaban. Los inquisidores no querían que la iglesia perdiera la exclusividad ni el liderazgo en los rituales, y fue por ello que incluso Santa Rosa fue investigada.
 
            La crucifixión, el potro de estiramiento, la quemadura de pies y el entierro subterráneo fueron aplicados con tanto dispendio que casi siempre se lograron las confesiones autoinculpatorias. En la hoguera y a fuego lento de leña verde fue quemada una pobre mujer quien suponía ir a misa desde su casa hasta la Iglesia de la Merced, levitando…
 
            No sólo la Colonia nos ha deparado santos. En el Perú, como en otros países de similar ancestro, hay misticismo en todas partes. La religiosidad alternativa aparece en el panteón y en los caminos, y se apodera de un espacio paralelo al de los cultos tradicionales de las iglesias establecidas. La mezcla de las religiones indígenas con la africana y la católica produce una creencia que devora y hasta una necesidad de santos, fuera de los linderos de la iglesia oficial. Los peruanos son místicos y lo han sido siempre a pesar de su inquisición criminal y de sus arzobispos.
 
            Sarita Colonia es un ejemplo. No será canonizada. No cumple con las exigencias sociales o raciales para ello. Sin embargo, un pueblo pobre entre los más pobres del mundo la ha declarado santa, y lo es de quienes más necesitan y no tienen acceso a un abogado sobrenatural, los pobres, los presos, los ladrones, las prostitutas, los desocupados, y en estos días los clandestinos y asombrosos inmigrantes.
 
            En los accesos subrepticios a los Estados Unidos, muchas personas con identidad falsa aprietan en la mano el dije de Sarita o tienen un escapulario suyo cosido a su ropa interior, y confían en que Sarita los ayudará a pasar sin ser advertidos.
 
            Los devotos de Sarita, de la Difunta Correa, el Gaucho Gil, la Santa Muerte y Jesús Malverde, del Perú, Argentina y  México saben que sus santos los volverán invisibles cuando en el desierto de Arizona sean perseguidos a muerte por los malditos “Patriots”, unos paramilitares racistas que se creen encargados de guardar la pureza racial de los Estados Unidos.
 
            Son tan pobres que a veces no tienen imagen. De Sarita sólo se conserva la ampliación de una niña menuda en un retrato de familia. El letrista de los “Tigres del Norte” solicitó en México que le hicieran una estatua de San Jesús Malverde.
 
            -Pos resulta que no sé cómo era el difunto.
 
            -No importa. Hágalo nomás con la cara de Pedro Infante.
 
            No tienen imagen, no tienen historia. Pero pertenecen a un pueblo cuya larga espera lo ha convertido en santo. En estos días, todos los santos tienen un trabajo inmenso.

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