Un sábado antes del amanecer, helicópteros stealth atravesaron el cielo de Caracas. En diecisiete minutos, agentes de la DEA y Navy Seals sacaron a Maduro y a Cilia Flores del palacio de Miraflores. Ningún disparo. Solo quedó el bastón de mando sobre el escritorio.

El avión Hércules despegó desde la base La Carlota con rumbo a Nueva York. Desde el USS Gerald R. Ford, 15 000 marines vigilaban el Atlántico. F-35 y un submarino nuclear cerraron rutas de escape. En la cueva de las sombras, el chavismo terminó sin despedida.

En 2012, Chávez lo había señalado con la mano en la cintura: «Maduro, mi hijo». Doce años después, el mismo hombre llegó esposado al tribunal del sur de Manhattan. La fiscal Bondi lo recibió con tres cargos: narcoterrorismo, cocaína y ametralladoras. La foto circula en todos los móviles.

Durante el vuelo, recordó el 4-F-1992, cuando conoció a Chávez en Yare. Después vino el poder: PDVSA, los CLAP, los Soles. Delegó la comida en generales y el oro en bóvedas amigas. Ahora, sin corbata, firma su declaración con bolígrafo prestado.

En Caracas, las calles permanecen calladas. Nadie celebra; nadie llora. Solo se escuchan los claxones de quienes esperan gasolina. El éxodo de millones pesa más que cualquier bandera. El vacío es tan grande que ni la Asamblea plenipotenciaria puede llenarlo.

La operación deja una lección: los soles que brillaban en el hombro de los generales ahora alumbran celdas de máxima seguridad. El Caribe vuelve a ser mar, no escenario. Y por primera vez en mucho tiempo, el viento huele a algo distinto.

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