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Coronavirus en Perú: Volviendo a casa

(Foto: Reuters)

Viajamos, como cada año, a pasar una semana de vacaciones a Pacasmayo, pero nos agarró la cuarentena y decidimos quedarnos lejos del bullicio y el pánico de la capital. Sin casos ni paranoia estábamos bien, tranquilos y seguros.

Pero tuvimos que volver a Lima debido a una urgencia médica. Emprendimos entonces una odisea para regresar por tierra los 687 kilómetros que nos separaban. Sin embargo, esta columna no es para contarles cómo volví, sino lo que pude ver al volver. Si pudiera resumir nuestro viaje en palabras serían: sorpresa y dolor.

Enfrentarnos a las calles, cruzar muchísimos puntos de control donde éramos detenidos por militares o policías cumpliendo a cabalidad su trabajo y verificando que todos nuestros papeles estén en orden era una nueva realidad. Ver además a casi todo el mundo con mascarillas en los distintos pueblos que cruzábamos nos evidenciaba cómo todo había cambiado. Ya nada volverá a ser lo mismo. Nos preguntábamos varias veces si podríamos volver o bañarnos en alguna de las playas que se veían en el horizonte. Esta fue la sorpresa: vivir la nueva realidad. También nos sorprendió el grupo de islotes que vimos en el ingreso norte a Lima pues, a pesar de tomar ese camino relativamente seguido, nunca las habíamos visto pues andaban cubiertas por la neblina y el smog.

Pero el dolor es penetrante, fuerte y seco. El dolor lo sentimos al ver a esas dos chicas tirando dedo en un peaje y, sobre todo, cuando vimos a esos tres jóvenes de Venezuela caminando por la carretera izando sus banderas rumbo al norte. El dolor lo vivimos cuando, en algún pueblo, regalamos leche a una madre con su hija. También migrantes, también con hambre.

El dolor lo vimos cuando tomaban descanso y buscaban sombra bajo los puentes de la Panamericana muchas personas haciendo una pausa en un viaje con kilómetros a cuestas, y muchos más por venir, o cuando de nuevo nos cruzábamos con personas cargando niños para huir, no del virus, sino del hambre, de la desesperación.

El dolor se siguió sintiendo cuando al llegar a Lima vimos gente pidiendo dinero en la calle, pidiendo de regalo una mascarilla pues, quizá, teníamos una que nos sobre. Y, maldita sea no teníamos una que nos sobre para regalarle. Pero saben, la sonrisa de esa mujer al recibir las monedas que le pudimos alcanzar nos lo dijo todo. Es que de esta no salimos solos, tenemos que salir juntos.

PD. Quiero dedicar estas palabras a Rafael Salazar, amigo valiente que parte a una mejor vida. Rafael, tu familia tendrá todo lo que merece, no tienes de qué preocuparte.

Fuente: peru21.pe

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