Pacasmayo

Revista de interés para Pacasmayo y todo el valle del Jequetepeque

Opera de jabón en el Lejano Oeste

No hay ladrones ni asaltos ni ruidos molestos ni autobuses ni colectiveros ni bocinas ni fumadores ni mucho menos taxistas. La ciudad tiene solamente dos taxis porque no hay necesidad de más. Además, dentro del perímetro urbano se extienden cuarenta parques y se alzan unas cuarenta iglesias. Las casas son de madera, exhiben diseños victorianos, no van más allá de dos pisos de altura y tienen amplios jardines por donde, en las noches se deslizan los venados que devoran tulipanes y los mapaches salvajes que se roban la comida servida para los gatos.


Por su parte, los 50 mil habitantes de esta ciudad del Oeste deciden cada noviembre, en el referendo federal, estatal y local de ese mes, que no se permita construir más casas ni transformar los bosques en urbanizaciones porque no quieren contaminación, problemas de tránsito, apiñamientos, vagabundos ni cualquiera otra de las miserias que afligen a las ciudades más desarrolladas.

Alguien podría decir que es el paraíso urbano, y en cierta manera lo es. Aburridón, por supuesto, como todo paraíso.

Algo de eso estaba pensando esta tarde sobre Corvallis, Oregon, cuando me encontré con un amigo en el correo central. Luego de entregar su correspondencia, Chris Peterson estaba revisando en su computadora de bolsillo si le había llegado algún correo electrónico durante la última hora. Un ícono le dijo que no tenía ningún mensaje nuevo y que podía disfrutar de 47 minutos libres antes de su próxima tarea del día. En vista de que ambos coincidíamos en deseos de vagancia, nos fuimos a matar el tiempo en la cafetería del correo, y lo que entonces le escuché me ha hecho pensar que después de todo, en este pueblo del Lejano Oeste también ocurren enredos románticos.

-¿Has oído últimamente algo de Soraya? -me preguntó Chris, y no me dejó tiempo para contestar que no porque lo que él deseaba era contar una historia. La verdad es que ni siquiera recordaba bien quién era Soraya, y mi amigo lo adivinó:

-Me refiero a mi esposa- me dijo. Y añadió que él si la había visto hacía un par de meses: -Ella y Herman Schroeder, su nuevo esposo, me invitaron a pasar con ellos la celebración de su aniversario en Portland.

La historia tiene lugar en los años Noventa. En ese entonces, Soraya García estaba casada con Chris, pero el matrimonio no era de verdad sino que había sido fraguado para conseguir la Green Card que la chica, boliviana de origen, necesitaba con urgencia. De todas formas, ambos vivían en la misma casa y fingían ser una pareja bien avenida para evitar cualquier sanción legal, o la visita intempestiva de los agentes del Departamento de Inmigración que suelen llegar a esta clase de hogares a las 8 o 9 de la noche para preguntar a la señora que marca de dentífrico usa su esposo o qué equipo de fútbol prefiere.

En el fondo y aunque no hubiera mayor intimidad, Soraya estaba enamorada de Chris, pero Chris no podía corresponder ese sentimiento porque amaba en secreto a una bella joven chilena, separada de su esposo, cuyo nombre era Mónika. A veces, por eso, le sugería a su supuesta esposa que le permitiera revelar el secreto a su pequeño grupo de amigos con el fin de que la chilenita lo supiera libre y no pensara que iba a aceptar las proposiciones de un hombre comprometido.

Pero aunque Mónika hubiera sabido la verdad, la telenovela no terminaba porque ella tampoco podía corresponder a Chris. Idolatraba en silencio a Martin Luther Morris, pero éste tampoco iba a poder amarla porque estaba -lamentablemente- casado con Kathy Williams quien, por su parte, no amaba a Martin sino que devoraba con sus miradas al buen Chris y, lamentablemente, no podía hacerle ningún tipo de sugerencias porque lo suponía realmente casado y muy feliz con la candorosa Soraya.

Aquí se llama “soap opera”, o sea ópera de jabón, a las telenovelas. En este caso, el jabón tardó más o menos 7 años en disolverse, y ahora, los suspiros eran aire y se han ido al aire, las lágrimas eran agua y se han ido al mar, y casi todos los personajes son ahora felices comiendo perdices. Casi todos, menos Chris.

La dulce Soraya encontró un hombre en el fondo de una computadora. Herr Herman Schroeder, viudo, 47 años, geólogo, con doctorado en la Universidad de Berlín y maestría en volcanes extinguidos, fue primero una tórrida pasión de internet y luego el hombre que la conduciría al altar en octubre de 1997. La boda se celebró en un bosque de Corvallis y fue oficiada por una sacerdotisa por alguna de las extrañas religiones gringas que tienen algún éxito en este tiempo. Chris ofició de padrino.

Ese mismo año, en junio, Kathy Williams le confesó a su esposo Martin Morris que nunca lo había amado y le preguntó si podían quedar como amigos. Después se fue a Nepal para hacer estudios de acupuntura. En la boda de Soraya, Martin Morris descubrió que Monika, además de bonita, era sumamente inteligente y le propuso matrimonio.
 El único que queda fuera del desenlace era Chris quien, de acuerdo con el canon de las telenovelas, debería haberse suicidado o descubierto que era hermano de Martin Morris, pero no ocurrió así, y es simplemente un plácido hombre de negocios que, de rato en rato, consulta la computadora para ver si le ha llegado un mensaje. El mensaje que desde siempre ha estado esperando.
 

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